Por Sylvia Iparraguirre
Mi infancia fue muy cuidada, muy hermosa, muy protegida, con una familia nuclear (mi padre, mi madre, mi hermana y yo) y luego la familia grande, en un sentido más extenso, mis abuelos, mis primos y mis tíos. La familia de mi madre era italiana, y la de mi padre, vasco-española.
Tengo una escena que cifra mi infancia, que es la de los cumpleaños de mi abuela en Los Toldos (Partido de General Viamonte, Provincia de Buenos Aires), al que llegábamos todos los 25 de agosto, de todas partes, a esa casa enorme: tenía el llamador en la puerta -que era una manito de bronce-, el zaguán, una biblioteca, donde yo leí a los 12 años, sin saber quién era, a un tal Tolstói (un libro que se llamaba Marido y mujer), enormes patios. Esa casa es una imagen tutelar de mi infancia.
Mi abuela tenía una memoria extraordinaria. Había heredado toda una tradición oral, típicamente española, que traía desde que llegó a la Argentina a los siete años. De ella me viene la primera noción que tuve de que el lenguaje iba más allá de la comunicación coloquial de todos los días.
Mi abuela recitaba un larguísimo poema que se llamaba Romanticismo y Realismo, y que tenía dos personajes. Realismo era una especie de campesino, al estilo Sancho Panza, y Romanticismo era una especie de niña de ciudad, una señorita finoli; dialogaban, y mi abuela hacía las dos voces. La señorita finoli de ciudad opinaba haciéndose la exquisita y el campesino, lapidario, le bajaba a tierra todos los humos. Guardo una auto-imagen -yo tendría cinco años- de estar con la boca abierta, escuchando a mi abuela, de la que salían dos voces, como en el teatro. Y creo que esa fue la primera vez que tuve la noción de que el lenguaje era otra cosa. Que podía cumplir una función poética.
El hecho es que tantísimos años después lo estoy recordando. Es un punto fuerte en mi memoria. Un lugar de mi memoria es la casa de mi abuela. Es un lugar al que yo entro. Y lo veo, y está todo como yo lo recuerdo en mi infancia, con total perfección.
Cuando terminé la secundaria, me fui a estudiar Letras a Buenos Aires. Siempre supe que iba a estudiar Letras. Nunca tuve dudas porque fui muy lectora. Desde muy chica, una lectora desordenada, ávida, de una avidez un tanto estrafalaria, y de una concentración en la lectura que llamaba la atención en mi casa. Decidí muy pronto que iba a cursar Letras por una razón muy simple: quería que se me ordenara el mundo de las lecturas. Por ese motivo, a los 18 años, puse mis cosas en un bolso azul que me compró mi madre, me subí a un colectivo y me fui a Buenos Aires.